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El sonido

Oujo

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El sonido ensordecedor y titánico de un rayo se dejó escuchar por toda la habitación. Con pocos muebles, era una estancia bastante agradable a la vista de cualquier adolescente; un televisor 3D de 43 pulgadas, una litera acomodada de manera casi compulsiva, una computadora reluciente y una repisa con una par de docenas de libros encima de ella, ésta se veía un poco saturada, e intentaba sufrir en una leve curvatura. Ese día todo estaba oscuro, luces apagadas en toda la casa, incluyendo las de aquella habitación; el patio, por su parte, siempre había sido bastante grande y con varios árboles viejos que albergaban algunos pájaros, reptiles y algunas ratas gigantescas de color negro. La casa era grande, con cuatro habitaciones, una sala, la cocina y el corredor que daba a las cuatro habitaciones.

El sonido de las teclas siendo golpeadas por dedos impetuosos era lo único que se dejaba escuchar entre aquella sosegante oscuridad, seguido del clic del ratón. Allí, sentado frente a la computadora, se encontraba un chico de alrededor de diecisiete años de edad, de cabello largo, rostro enjuto y proporciones corporales delgadas, de una estatura promedio, 1.76. El muchacho movía la cabeza de manera compulsiva al ritmo de la música que escuchaba por los audífonos color negro que ocultaban por completo sus orejas; de vez en cuando, la estancia se veía esclarecida por la luz de un rayo, y la silueta oscura de los árboles se veía reflejada en la pared, como pequeñas manos que intentaban tomar al muchacho con delicadeza y sigilo.

Ensimismado en sus pensamientos, el muchacho sólo se limitaba a cantar en voz alta para romper esporádicamente el sutil silencio de la noche, y la lluvia que le acompañaba con su repetitivo silencio. El muchacho leía lo que parecía ser una historia de terror de una bestia antropomorfa, pálida y con garras afiladas capaces de desgarrar la carne de una vaca en un solo ataque. A medida que leía, conocía el modus operandi de aquel monstruo, y su forma de atacar; generalmente a las 12:29 a.m. de los días martes. El muchacho tragó un poco de saliva, pues aquel día era un martes, y eran las 12:10 a.m. Inmediatamente sacó aquellos pensamientos ilógicos de su mente, pues que una bestia del inframundo lo viniera a buscar era literalmente improbable, e imposible. Así que, se quitó los audífonos, se levantó de un pequeño brinco y comenzó a desentumecer los músculos del cuerpo para ir a tomar un poco de agua.

Caminó lentamente hasta llegar al filtro, y con un pequeño vasito de vidrio, tomó agua. Cerró los ojos, y acto seguido, escuchó un pequeño alarido, como el grito de un cerdo siendo golpeado; abrió los ojos rápidamente y miró hacia afuera, la tormenta se agravió y los árboles se mecían con una fuerza increíble, como si un dios furioso estuviera golpeándolos. Esa vez escuchó un golpe en la pared, seguido de un árbol derrumbándose.

Rápidamente corrió hacia su habitación, pero se tropezó con la pared, y con una violencia brutal su cara se estrelló contra el frío suelo… Se levantó sacudiendo la cabeza, y al voltear, vio algo que lo hizo gritar de horror: una bestia que se sostenía en cuatro patas estaba asomada en la puerta de metal, con una mirada vacía y de ojos sin color ni vida, lo observaba con cierta curiosidad. Tras unos segundos, el muchacho racionalizó con un temor increíble, y llegó a la conclusión de que, aquello, era una persona.

El cuerpo de aquella criatura estaba encorvado, en donde se suponía que habría manos existían lo que eran patas con pezuñas afiladas. La cara estaba invertida, de modo que su boca estaba en la parte superior y sus ojos vidriosos en la parte inferior; la boca llena de colmillos afilados desprendía un olor a muerte, pues incluso a la distancia, el muchacho sentía nauseas ante aquel ser de ultratumba. El muchacho salió de su trance incorporándose entre jadeos, y comenzó a caminar en retroceso, y entre un rayo y una luz cegadora, la bestia desapareció.

El joven sintió un dolor de cabeza insoportable y contuvo el vómito en la garganta; se apresuró a correr a su cuarto, y cuando finalmente llegó a la puerta, estaba cerrada, trancada… ¿trancada? Recordó que antes de salir a la cocina la dejó entreabierta. Por unos segundos pensó que si todo aquello sería un sueño, pero otro chillido igual que el anterior lo sacó de todas sus dudas, y entre un último rayo fulminante, sus esperanzas desaparecieron al quedar totalmente a oscuras por un corto eléctrico.

El muchacho sintió unas ganas de gritar abrumadoras, de pedir auxilio; pero supuso que nadie lo escucharía entre el sonido de aquella tormenta. En un último gesto de confianza y esperanza en sí mismo, tomó un bate de béisbol y una linterna, que al intentar encender, sólo lanzó una pequeña ola de luz, antes de que cayera en cuenta de que estaba descargada. Su última esperanza era la luz natural de los relámpagos.

Caminó lentamente por el pasillo y vio una figura relativamente grande cruzando a la sala. Con manos y piernas temblorosas, se dirigió hacia allí lentamente, y cuando estaba en la pequeña estancia, no pudo ver nada, pero sintió que algo pesado se dejó caer detrás de él. Volteó rápidamente, y lo que estaba allí lanzó un chillido desgarrador, y el muchacho sintió una extraña sensación en su pantalón. Cuando intentó gritar, unas garras le desgarraron el cuello, hasta el punto de dejar su cabeza colgando de un pequeño jirón de carne sanguinolento, con los ojos desorbitados y un rictus de horror. Cayó de manera lenta al suelo, bañándolo en un icor rojizo… Aquella noche, sus gritos se ahogaron entre su propia sangre.

Cuenta la historia que aquel ser aparece la madrugada de los martes a las 12:29 a.m., con cierto clima, y después de haber leído esto…- El sonido
 
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